Tuesday, June 20, 2006

Las Barajas (Emilio J. Martinez Gonzales)

Con las disculpas del caso al autor, navegando en la red encontramos este texto y quisimos compartirlo con ustedes. Sin duda nos dieron ganas de jugar a las cartas luego...

Estimado señor don Heraclio Fournier:

Usted y yo no hemos sido presentados. Yo le conozco a usted de oídas y de leer su nombre una y mil veces en una y mil barajas. Le escribo esta carta para contarle la historia de mi felicidad y mi desgracia, en la que usted, por más que ahora pueda sorprenderle, está implicado.
No se asuste. Ni soy un loco ni en estas líneas leerá usted nada que pueda turbarle o sentir como amenaza. Simplemente me siento, hoy precisamente, obligado a informarle.
La conocí entre los palos de una de sus barajas, don Heraclio. La conocí en uno de esos campeonatos de mus tan tradicionales en las fiestas de las facultades universitarias, y la nuestra no era una excepción a ese respecto. Era la pareja -de mus, solamente- de uno de mis mejores amigos, de uno de esos colegas con los que ayer descubrí la vida y los porros; hoy, sin embargo, escucho sus miedos de respetables ciudadanos que, principalmente, luchan porque no embaracen a sus hijas, que dejaron atrás hace bien poco la adolescencia.
Ella, don Heraclio, jugaba bien, mucho mejor que mi amigo, su pareja. Pero Rubén –mi socio eterno en las lides del mus- y yo éramos más sólidos, menos evidentes. De modo que ganamos, aunque eso no hizo que la perdiese a ella. Le di mil revanchas, don Heraclio, y alguna se tomó antes de empezar a regalarme sus besos.No nos casamos por no participar de un modo de vida en el que no creíamos. Ni tampoco tuvimos hijos, pero eso no fue por no quererlo. Nuestro amor, eso sí, fue intenso entre los palos de muchas de sus barajas. A lo largo de quince años hicimos del amor un nuevo modo de usar sus cartas, que quizás usted no imaginó al troquelarlas. Había que barajar el mazo suavemente y sacar dos cartas, una para ella, otra para mí. Y nuestra forma de amarnos se articulaba al mando de lo que ordenaba la fortuna que esconden sus naipes, don Heraclio. Y de cien, noventa veces fueron oros y copas nuestra suerte.
Una sota y un rey bastaban para que nos desnudásemos lentamente. Ya en la cama -ella aún conservaba la ropa interior, yo me ocupaba de eso-, empezaba a recorrer con su lengua mis piernas, mientras yo me retorcía de placer y me dejaba hacer su dueño. Con la mano acariciaba la parte interior de mis muslos, provocándome graciosa las cosquillas y transformando en risa mis gemidos. Luego se sentaba sobre mi pecho y, en un ejercicio propio de equilibristas, yo lograba deslizarle las braguitas para que ella recorriese mi cuerpo aprisionándolo entre sus piernas, bañándome en su humedad -siempre tan generosa- como si fuera un perfume, o una esencia.
El caballo y el cinco, don Heraclio, no la llevaban a montarse encima de mí; sólo alguien simple podría suponer eso. El caballo y el cinco, don Heraclio, eran espera en la alfombra de mi cuerpo tembloroso y caliente, el pene erecto desde antes de barajar las cartas, hasta que ella aparecía vestida sólo con un liguero y unas medias, el pubis afeitado y la boca llena de ansia. Se tumbaba a mi lado y entonces era mi tiempo, el tiempo de recorrerla como un explorador de nuevos mundos, de asir sus pechos y despertar el botón de sus pezones oscuros. De llevarlos a mi boca, de amamantarme mientras acariciaba entre sus piernas, ardiente humedad ya en ese instante en el que ambos latíamos a un mismo ritmo, en el que gemíamos hasta un orgasmo y otro, tan acompasados como una sinfonía que hubiésemos querido inacabable; así una y otra vez hasta que yo ya no podía y, simplemente, me quedaba dentro y ella susurraba hasta dormirse que ése era el mejor momento.
El tres y el siete de oros, don Heraclio, que salieron muchas veces, eran la mayor de las fiestas. No sabría contarle la emoción que se pintaba en nuestros rostros, los saltos casi infantiles con los que nos dirigíamos hacia la ducha, la impaciencia con la que nos desnudábamos mientras dejábamos correr el grifo. Esas veces nuestro amor era lento al principio, para volverse después algo salvaje. Y mordíamos los cuerpos como si fuesen nuestro único alimento de hambrientos. Yo la tomaba por la cintura, don Heraclio, levantándola hasta encajarla en la mía. Apoyada en la mampara mejor que en los azulejos, chillaba a mis embates y yo sabía que no se quejaba de mí, sino de los dioses, que no permitían que ese momento fuera eterno. Y llorábamos, don Heraclio, llorábamos mientras, al corrernos bajo el agua caliente, devoraba cada uno la lengua del otro en un inútil intento de ser uno, para siempre.
Para no aburrirle, don Heraclio, le diré finalmente que, al conjuro de un siete y un dos, sin que hubiésemos especificado el palo, ella se entregaba a acariciar mis testículos como se acaricia a un niño, mientras llevaba a su boca mi excitación y mis sueños. Luego se iba deslizando sobre la cama hasta que yo podía corresponderle lamiendo con agrado el agujero de su vientre y luego la boca de su cuerpo, que se iba dilatando y humedeciendo al contacto del calor de mi lengua. Poco a poco, tragándola, me adentraba en su intimidad y su esperanza, y unos gemidos entrecortados me avisaban, junto a un sabor que siempre definí como metálico, de que el placer estaba a punto de invadirla. Pero ella permanecía en su empeño de regalárseme, y aunque su cuerpo la invitara antes que al mío a la derrota, jamás se retiraba hasta que yo no fluía entre su boca, entre sus dientes, que ella me mostraba triunfante, gozosa, sonriendo como una niña satisfecha.
Una noche, don Heraclio, sacamos dos ases: el de espadas y el de bastos. No supimos, inocentes, leer las cartas. Y decidimos que esa noche, simplemente, dormiríamos acurrucados y desnudos, ella escondida en mi pecho y yo en su espalda. Pero las cartas decían, como siempre, y mucho: dos ases, y el de bastos le golpeó primero el pecho, más tarde las entrañas y así hasta la muerte, don Heraclio, porque se la fue comiendo, a ella, tan fresca; dos ases, y el de espadas me atravesó a mí de parte a parte, don Heraclio, y aún lo llevo clavado, y todos los días, desde que la vida de ella fue de bastos, barrena mi pecho…Y hoy, después de enterrarla, don Heraclio, me he sentido obligado a contarle esto. Y a decirle que no sé que hacer con sus barajas, don Heraclio.

Friday, June 02, 2006

Onanímica


Me ve, en el reflejo negro que intuye, la siento en el círculo mínusculo de la puerta, la toco y un pedazo de piel se estrella en mi pupila, succiona mis pestañas en duro remolino.
Me ve y mi cuerpo se hace estaca, se llena de sangre negra y explota, entonces chorrea por la puerta, se desliza blanca, cae en almidon y mi ser la retrata en sal...