Friday, November 24, 2006

Encontrarte



Dientes de gato, limados en besos y chupetines de fresa/ manos tibias de venas temblorosas/algodón negro besando tus pechos/saludas con esa mirada café de lluvia/detestas mi voz, mis miradas vomitivas en tu muslo derecho.

Enredadera trémula de vellos/crece trenzándose en poros/árbol de vellosidades tibias/Tu monte tierra fecunda/tu vientre muro tibio/tu ombligo el cielo/tus labios la luna.
Te miro, grita tu temblor de monja escupe líbido/besas el aire/oleaje de cabellos/besos de brisa/
manos de lija

Thursday, November 23, 2006

Literata....¡salud!

Bailas, con el oido desafinado repitiendo hasta el cansancio esa canción del José Alfredo Jiménez, que tanto dices que es Domínguez ¿o al revés?. Acá me tienes con este aire de cronista espectador, con la panza hecha nuditos, preparando coctail de piñas. Mi mano izquierda temblando de hambre y mis ojos gastados escapando a tu vientre, caminando el lunar de tu cuello.

En cada bocanada vuelo y te envuelvo en cadenas de humo, reposando en tu espalda, vellos de durazno. Metro y medio, cadera de burbuja, suave y redonda, tanto que explota y moja mis ojos. Jean de rapera, chorreado hasta el piso, bailas cumbia, gritas saya, amas una La Paz que te vió nacer. Apellido, italiano, castaño oscuro desordenado en la cabeza, calzón rosado con Winnie Puhs bailarines.

Vas a prestes, tienes nariz de payasita de circo veneciano y una sonrisa que acaricia. Estudias literatura, fumas yerba desde tus quince, te da bronca que un abogado sea editor, que un psicólogo diga que escribe, te da bronca, pero ríes y tus manos pequeñas en uñas cortas, acarician con delirio mi cigarro. “no me gusta encender un cigarro, invítame del tuyo” y luego bailas, con esa tu polera púrpura, con esos tus pechos libres.

Recuerdo esa imagen, juntos en ese sillón verde, jugando a discutir de literatura, tomando hasta la última gota de la jarra. Luego, con la piel sudando cumbia, bajamos a tropezones las gradas, "mi política no me permite subirme al auto de un borracho” dijiste, con ese timbre de voz cautiva orejas, con tus dientes blancos alineados como teclas. Caminaste con la bolsa al hombro y chalina verde y este cuerpo traicionero, en evidencia, en erótismo de sangre escoltando timidamente tu huida.

El silencio muerde todo, mi piel descansa en la imágen de tu vientre, el techo destila esa miel oscura del insomnio sin labios y bebo tu fantasma hasta la médula. En savía muerta por mis piernas, mi mano descansa y vuelve tu reverencia al salir del baño, diciendome pasa, preguntando seductora al oído “¿tienes coca”? .

Abrazo por última vez tu silueta adormilada en el techo y te recuerdo, en sutiles zetas, perdiéndote calle abajo mientras detesto esta cama tan grande y haber subido sin ti al auto del borracho.

Tuesday, June 20, 2006

Las Barajas (Emilio J. Martinez Gonzales)

Con las disculpas del caso al autor, navegando en la red encontramos este texto y quisimos compartirlo con ustedes. Sin duda nos dieron ganas de jugar a las cartas luego...

Estimado señor don Heraclio Fournier:

Usted y yo no hemos sido presentados. Yo le conozco a usted de oídas y de leer su nombre una y mil veces en una y mil barajas. Le escribo esta carta para contarle la historia de mi felicidad y mi desgracia, en la que usted, por más que ahora pueda sorprenderle, está implicado.
No se asuste. Ni soy un loco ni en estas líneas leerá usted nada que pueda turbarle o sentir como amenaza. Simplemente me siento, hoy precisamente, obligado a informarle.
La conocí entre los palos de una de sus barajas, don Heraclio. La conocí en uno de esos campeonatos de mus tan tradicionales en las fiestas de las facultades universitarias, y la nuestra no era una excepción a ese respecto. Era la pareja -de mus, solamente- de uno de mis mejores amigos, de uno de esos colegas con los que ayer descubrí la vida y los porros; hoy, sin embargo, escucho sus miedos de respetables ciudadanos que, principalmente, luchan porque no embaracen a sus hijas, que dejaron atrás hace bien poco la adolescencia.
Ella, don Heraclio, jugaba bien, mucho mejor que mi amigo, su pareja. Pero Rubén –mi socio eterno en las lides del mus- y yo éramos más sólidos, menos evidentes. De modo que ganamos, aunque eso no hizo que la perdiese a ella. Le di mil revanchas, don Heraclio, y alguna se tomó antes de empezar a regalarme sus besos.No nos casamos por no participar de un modo de vida en el que no creíamos. Ni tampoco tuvimos hijos, pero eso no fue por no quererlo. Nuestro amor, eso sí, fue intenso entre los palos de muchas de sus barajas. A lo largo de quince años hicimos del amor un nuevo modo de usar sus cartas, que quizás usted no imaginó al troquelarlas. Había que barajar el mazo suavemente y sacar dos cartas, una para ella, otra para mí. Y nuestra forma de amarnos se articulaba al mando de lo que ordenaba la fortuna que esconden sus naipes, don Heraclio. Y de cien, noventa veces fueron oros y copas nuestra suerte.
Una sota y un rey bastaban para que nos desnudásemos lentamente. Ya en la cama -ella aún conservaba la ropa interior, yo me ocupaba de eso-, empezaba a recorrer con su lengua mis piernas, mientras yo me retorcía de placer y me dejaba hacer su dueño. Con la mano acariciaba la parte interior de mis muslos, provocándome graciosa las cosquillas y transformando en risa mis gemidos. Luego se sentaba sobre mi pecho y, en un ejercicio propio de equilibristas, yo lograba deslizarle las braguitas para que ella recorriese mi cuerpo aprisionándolo entre sus piernas, bañándome en su humedad -siempre tan generosa- como si fuera un perfume, o una esencia.
El caballo y el cinco, don Heraclio, no la llevaban a montarse encima de mí; sólo alguien simple podría suponer eso. El caballo y el cinco, don Heraclio, eran espera en la alfombra de mi cuerpo tembloroso y caliente, el pene erecto desde antes de barajar las cartas, hasta que ella aparecía vestida sólo con un liguero y unas medias, el pubis afeitado y la boca llena de ansia. Se tumbaba a mi lado y entonces era mi tiempo, el tiempo de recorrerla como un explorador de nuevos mundos, de asir sus pechos y despertar el botón de sus pezones oscuros. De llevarlos a mi boca, de amamantarme mientras acariciaba entre sus piernas, ardiente humedad ya en ese instante en el que ambos latíamos a un mismo ritmo, en el que gemíamos hasta un orgasmo y otro, tan acompasados como una sinfonía que hubiésemos querido inacabable; así una y otra vez hasta que yo ya no podía y, simplemente, me quedaba dentro y ella susurraba hasta dormirse que ése era el mejor momento.
El tres y el siete de oros, don Heraclio, que salieron muchas veces, eran la mayor de las fiestas. No sabría contarle la emoción que se pintaba en nuestros rostros, los saltos casi infantiles con los que nos dirigíamos hacia la ducha, la impaciencia con la que nos desnudábamos mientras dejábamos correr el grifo. Esas veces nuestro amor era lento al principio, para volverse después algo salvaje. Y mordíamos los cuerpos como si fuesen nuestro único alimento de hambrientos. Yo la tomaba por la cintura, don Heraclio, levantándola hasta encajarla en la mía. Apoyada en la mampara mejor que en los azulejos, chillaba a mis embates y yo sabía que no se quejaba de mí, sino de los dioses, que no permitían que ese momento fuera eterno. Y llorábamos, don Heraclio, llorábamos mientras, al corrernos bajo el agua caliente, devoraba cada uno la lengua del otro en un inútil intento de ser uno, para siempre.
Para no aburrirle, don Heraclio, le diré finalmente que, al conjuro de un siete y un dos, sin que hubiésemos especificado el palo, ella se entregaba a acariciar mis testículos como se acaricia a un niño, mientras llevaba a su boca mi excitación y mis sueños. Luego se iba deslizando sobre la cama hasta que yo podía corresponderle lamiendo con agrado el agujero de su vientre y luego la boca de su cuerpo, que se iba dilatando y humedeciendo al contacto del calor de mi lengua. Poco a poco, tragándola, me adentraba en su intimidad y su esperanza, y unos gemidos entrecortados me avisaban, junto a un sabor que siempre definí como metálico, de que el placer estaba a punto de invadirla. Pero ella permanecía en su empeño de regalárseme, y aunque su cuerpo la invitara antes que al mío a la derrota, jamás se retiraba hasta que yo no fluía entre su boca, entre sus dientes, que ella me mostraba triunfante, gozosa, sonriendo como una niña satisfecha.
Una noche, don Heraclio, sacamos dos ases: el de espadas y el de bastos. No supimos, inocentes, leer las cartas. Y decidimos que esa noche, simplemente, dormiríamos acurrucados y desnudos, ella escondida en mi pecho y yo en su espalda. Pero las cartas decían, como siempre, y mucho: dos ases, y el de bastos le golpeó primero el pecho, más tarde las entrañas y así hasta la muerte, don Heraclio, porque se la fue comiendo, a ella, tan fresca; dos ases, y el de espadas me atravesó a mí de parte a parte, don Heraclio, y aún lo llevo clavado, y todos los días, desde que la vida de ella fue de bastos, barrena mi pecho…Y hoy, después de enterrarla, don Heraclio, me he sentido obligado a contarle esto. Y a decirle que no sé que hacer con sus barajas, don Heraclio.

Friday, June 02, 2006

Onanímica


Me ve, en el reflejo negro que intuye, la siento en el círculo mínusculo de la puerta, la toco y un pedazo de piel se estrella en mi pupila, succiona mis pestañas en duro remolino.
Me ve y mi cuerpo se hace estaca, se llena de sangre negra y explota, entonces chorrea por la puerta, se desliza blanca, cae en almidon y mi ser la retrata en sal...

Thursday, May 25, 2006

Cuerpos

Tus labios márfil, tu silencio de arena
Tu piel en humedad, tus abrazos de mar
La sal de tu sal, tu tacto de anguila
Tu seda rojiza, tu vientre hecho flor
Mis yemas gritando, esta piel de arco
La miel en mi hiel, tu sed en mi lengua
Nosotros, un canto de pieles gastadas
de espaldas de luna, de sangre en rubor
de gritos, espuma, temblor callado

Tuesday, May 02, 2006

La Retórica del Deseo


Tanto el sexo ejercido como literatura, como la escritura ejercida como erotismo son fuente de conocimiento. Bataille.

Thursday, March 16, 2006

Flaca Kitsch


Tu imagen tiene un dejo a aromas de mostaza, un sabor a yogurt caducado y sin embargo se mueve con la agilidad de una pluma entre margaritas silvestres, como espuma por mi piel en la tina. Estas ahora en pie acá a mi lado con esa figura de muñeca china y cabellos largos, con tu timidez escondida en tus habilidades lingüísticas. Me miras con esas uvas huecas que tienes por pupilas, mientras tus palabras alaban vanamente el decorado en la cortina.

Mi lengua no acompaña a mis dedos en su pulsar de teclas, vuela furiosa en cómicos aleteos con su punta dibujando corazones, la miras con burla y con esa indiferencia que da tu aire pretencioso. Mis ojos se pierden en el blanco de la pantalla y de reojo van acomodando el pliegue de tu pantalón en tu muslo izquierdo.

Estoy cansado de escucharte, de tu forma de aparentar que sos radiante, que sos deliciosa, que sos, una bitch envuelta en seda, por eso mi lengua hace su propio camino, aprovecha tu bombardeo egocéntrico y ágilmente dibuja dos versos en tu oído, luego baja por tu cuello, toma aire en tu hombro afilado y en picada rompe el botón de tu blusa negra.

Yo escribo, mientras arrogante esperas la respuesta a tu pregunta técnica, escribo y acaricio con palabras tu ombligo de algodón tibio, succiono con rimas tus muslos de papel salado y mi lengua, independiente, arrogante y perversa repta por tu vagina de sudor miel.

Esa tu arrogancia, esa forma de lanzar migajas de reojo, la verdad no me importa, me tiene sin cuidado, prepara el camino para desgarrar impaciente cada gota de tu piel. Luego de que me muestres cada adorno persa de tu casa, cada tela hindú que te protege, te miraré con flojera, escuchando tu charla de enciclopedia asiática y prepare el porro que adormezca tu arrogancia y amordace tu aire fashion.

La escena ocurrirá más o menos así, tomarás algún rato un respiro, irás a la cocina a traer tu sacacorchos italiano, yo miraré la foto tuya en el mueble de tu sala y estudiare a trasluz, la forma uva de tus pezones rosa, el sabor de tu pubis lluvia, revisaré cada camino de tu piel y luego de un bostezo, esperaré tu caminar sereno al pasillo.

Tomaré el vino de tus manos, daré un trago largo, mi mano izquierda seducirá a tu ombligo, y bajará reptando a tu humedad blanca, mientras la derecha sujetará la yerba en tu boca mientras te fumas hasta la última semilla. En ese punto, no importará la hora, habrás descolgado el teléfono, apagado el celular de tu novio y desenchufado tu lámpara de Diosa Khali.

Veré entonces tus ojos rosa, tu mirada de uva reventada gritando delirante y sentiré como tus dientes de marfil en filo, beben el sabor de mi paladar de lija. Mi lengua volara inquieta, perforando cada vértebra tuya, reposando en el rosa ácido de tu vientre. A este punto tus gritos serán mudos, tus lágrimas pintarán la mugre de tu alfombra y mis manos serenas romperán tus muñecas de algodón. Luego mi pecho aplastará tu arrogancia, escuchando como tus costillas suplican en rítmicos acordes de clemencia y mi embestida firme rompe el eco de tu sangre.
Al final del acto, mirare de reojo tus pupilas revueltas, mientras mis manos buscan un cigarro en tu mesa de noche y mi lengua, camina por el techo persiguiendo una araña. Caeré cansado, luego de vomitar mi hiel en tu caverna y tu dormiras, con esa sonrisa boba de pueblerina desvirgada, soñando en algún viaje a Israel a mi lado, mientras tus ojos se van perdiendo en ese elefante palestino, tan kitsch, que adorna la esquina.

Me levantaré antes de las seis de un golpe, llevando pellejos secos de tu vientre en la huida, contaré hasta diez, empezarás a hablar nuevamente, lanzarás alguna frase melosa de reclamo, abriré la ducha, hablaras más fuerte, me miraré en el espejo, repetiré tu nombre, mearé en tu lavabo chino y de un portazo te sacaré de mi vida.